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J. A. Bayona: Para los sobrevivientes “esta es una historia de heroísmo, no de canibalismo”

Cuando Juan Antonio Bayona, director de cintas como El orfanato (2007) y Lo imposible (2012), leyó La sociedad de la nieve (2008), del periodista y escritor uruguayo Pablo Vierci, se convenció de que tenía que llevar ese texto a la pantalla grande. La historia que contaba era archiconocida. En 1972, un avión con cuarenta pasajeros y cinco tripulantes que viajaba de Uruguay a Chile se estrelló en medio de la cordillera de los Andes, accidente que dejó un grupo de sobrevivientes que lucharía por seguir con vida en las condiciones más extremas, lo que cumplirían solo dieciséis de ellos. El cineasta español sabía de ¡Viven!, el libro publicado sobre este hecho en 1974 –y llevado al cine en 1993–, pero eso no lo frenó ni un milímetro. Todo lo contrario: “Este libro tiene una mirada muy diferente a la de ¡Viven! (…) Fue escrito porque los sobrevivientes no podían reconocerse a sí mismos en esa historia. Para ellos esta es una historia de heroísmo, no de canibalismo”.

La intención de Bayona terminó desembocando en la película La sociedad de la nieve (2023), que se estrenará en Netflix el próximo 4 de enero y que fue postulada por España a la próxima edición de los Oscar. El pasado 2 de diciembre pudimos verla en el cine Aero de Los Angeles con la presencia del realizador y del director de fotografía, el uruguayo Pedro Luque, quienes compartieron detalles de la filmación y de sus motivaciones para trabajar en esta cinta en un Q&A. Bayona ahondó en las particularidades del libro que inspiró el filme, señalando que en este “se puede percibir el peso del tiempo que ha transcurrido. Es más una meditación sobre lo que pasó, toma un ángulo más espiritual o filosófico de la tragedia, y eso hizo a la historia todavía más grande de lo que yo pensaba (…) Había que lograr traspasar esa espiritualidad al guion”. El camino para lograrlo fue, como en el libro, el papel que cumplen quienes perdieron la vida: “Le permití a los sobrevivientes darles algo a cambio a los muertos, de la misma manera que los fallecidos dieron todo lo que ellos tenían para mantenerlos vivos. Es muy hermoso que ellos usen ahora su testimonio para dar vida a estas personas y ponerlos, de alguna manera, en el mismo nivel en el que estaban antes de morir”, reflexionó el director.

Y ciertamente esto se logró. Antes, eso sí, la cinta sorprende con su ritmo. Lo que vemos es el día previo al viaje. La ilusión del equipo amateur de rugby Old Christians que se prepara para partir a Chile. Así lo describió Bayona: “Los primeros 10 minutos del filme se sienten muy clásicos. Es casi como una película de adolescentes llena de canciones de la época, de la energía de estos jóvenes que tienen la idea de que van a conquistar el mundo, un país. Pero luego del accidente hay un gran cambio”. Aunque ya tengamos un imaginario cinematográfico de los accidentes aéreos, la representación de este en La sociedad de la nieve se gana un lugar entre los más realistas. Vemos cómo se desenvuelve la pesadilla de a poco, cómo los pasajeros van pasando de la broma al susto y de repente al rezo, que es lo que va quedando. El choque de la nave con la montaña y el posterior deslizamiento de lo que resta del avión por la nieve son fascinantes de ver en una pantalla de cine.

Luego viene el camino al milagro, narrado en primera persona –un gran acierto–, que es mostrado en detalle, repleto de obstáculos peores que los de una película de terror, de intentos fallidos y de resignación a que los cuerpos de los fallecidos son el único alimento disponible. Y, finalmente, tras 72 días de espera, el rescate. Aventura, drama y horror, todo en una misma historia relatada visualmente sin artificios, sino que apoyándose en hechos que son increíbles pero reales. La recreación lograda por Bayona, Luque y compañía resulta impresionante, lo que es reforzado por las fotografías originales que se muestran en el final, casi indistinguibles de las imágenes que se rodaron para el filme. Igual de impresionante es el retrato de la montaña, capturada en su inmensidad y desde diversos ángulos, dando a entender lo difícil que era mantener la esperanza de sobrevivir. Y aún así. Para el director, la escena en que uno de los personajes se topa, en soledad, con lo vasto de la cordillera refleja el leitmotiv de la película: “la idea simbólica de ti frente al vacío, porque esta gente fue a la montaña para descubrir la ausencia de sentido de la vida. La vida está vacía y eres tú quien llena ese vacío”.

Recreando la tragedia

Los primeros pasos de la película se dieron en el año 2018, cuando Bayona viajó a Uruguay para grabar a los sobrevivientes por una semana. “Estaba buscando un ángulo más profundo para la historia. Estaba obsesionado por los detalles”, dijo el cineasta. “El plan era básicamente recrear todos los eventos de la historia, los 72 días y todavía más, el día previo al accidente (…) Dijimos ‘vamos a tener este grupo de 35 actores, la mayoría de ellos nuevos, vamos a darles toda la información’. Básicamente hicimos ensayos por dos meses. Los puse en contacto con los sobrevivientes, establecieron una relación con ellos y con las familias de las víctimas, y luego de toda esa información les dimos el contexto, grabamos en locaciones reales para que tuvieran la experiencia del frío muy lejos de casa”, profundizó. Esas locaciones fueron las montañas de Granada, en el sur de España, de más de tres mil metros de altura, lo que permitió que los actores estuvieran lejos de sus familias y amigos, replicando en algo el aislamiento que sintieron los sobrevivientes. No solo se intentó recrear eso, sino también el hambre que sintieron: “(Los actores) empezaron una dieta muy extrema. Filmamos la película de manera cronológica, así que puedes ver cómo van perdiendo peso”, indicó Bayona.

“Básicamente estuvimos ahí preparados para grabar la historia como si realmente estuviese ocurriendo frente a la cámara. Le dije a nuestro supervisor de efectos visuales que no quería green screen, porque no quería que los actores se distrajeran. Usé mucha música en el set para ayudar no solo a los actores, sino que a todo el equipo, para entender cuál es el estado de ánimo que estaba buscando (…) Recreamos toda la historia, algunas cosas que no se ven en la película las actuaron frente a la cámara. Eso fue lo principal que le pedí a Pedro (Luque). Estar ahí, muy cerca de los actores, enfocándonos principalmente en las actuaciones”, señaló el realizador.

Luque agregó que seguir esta indicación en el ambiente de la montaña fue difícil: “Necesitamos no solo capturar todas las emociones que veíamos frente a nosotros, sino también tener la libertad como para hacerlo rápido. No nos preocupamos demasiado en ser perfectos (…) porque cuando algo está demasiado maquillado pierde un poco de humanidad. Al mismo tiempo, tenemos nuestro gusto por el cine, entonces caminamos por esta línea entre documental, capturando todo lo que estaba pasando, y cómo contar la historia con la cámara y decir algo que solo el cine puede decir. Fue difícil, pero muy gratificante. Lloré casi todos los días”.

Los obstáculos son bienvenidos

Antes de llevar a los actores a tierras andaluzas, Bayona y Luque se acercaron ellos mismos a la experiencia de los supervivientes, visitando y pernoctando en el mismo lugar donde se estrelló el avión uruguayo: “Lo primero que hicimos fue ir al Valle de las Lágrimas, en Argentina, que es donde cayó el avión. Toma tres días acostumbrarse a la altura. De hecho, la primera vez que estuve ahí lo hice por dos días, y tuve la peor noche de mi vida (…) Cuando desperté en la mañana mi botella de agua era un pedazo de hielo. Y eso te pone en la situación. Si yo tengo problemas para dormir en este pequeño campamento preparado, no me puedo ni imaginar cómo fue pasar 72 días con ropa como esta (del día a día). Además, estaba muy impresionado con el sonido. Lo único que puedes escuchar ahí es a ti mismo, lo que es muy simbólico, porque para mí el punto de este viaje a la montaña es tener este tipo viaje de autodescubrimiento, de descubrir tu verdadera naturaleza, motivarte a ser tú mismo”, dijo el realizador.

Luque, en tanto, destacó que esas condiciones incómodas fueron una parte clave y necesaria del rodaje: “Después de ir allí nos dimos cuenta de que todos los obstáculos, las cosas que eran difíciles de hacer, eran parte de la experiencia. Esto no era acerca de los cineastas estando cómodos, sino de capturar algo, y como estábamos tan involucrados en la historia, éramos ciegos al hecho de que estábamos tratando de llevar 150 personas a la cima de esta montaña, con cámaras y aparatos, estando en tormentas, teniendo que evacuar. Las dificultades fueron parte de la experiencia”.

Crédito de la imagen: Netflix

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