Echo

Tatiana Huezo: Encontrar en lo pequeño las grandes cosas

Cuando a Guillermo del Toro le preguntaron qué cineasta representaba el futuro de Hollywood, el director mexicano eligió a Tatiana Huezo. Era diciembre de 2021, y habían pasado pocos meses del estreno de Noche de fuego, el tercer documental de la directora salvadoreña-mexicana, que acaparó premios en festivales internacionales y dejó maravillado a Del Toro. A lo largo de su filmografía, Huezo se ha caracterizado por representar la realidad de las comunidades indígenas y el mundo rural. Este año la directora está presentando El Eco (2023), que se exhibió hace pocos días en el AFI Fest de Los Angeles, un documental que se sumerge en la vida de una apartada comunidad de Puebla y que, en sus palabras, representa una trilogía de dolor y trauma junto a Tempestad y El lugar más pequeño. Este filme, sin embargo, es “algo más luminoso”, dice ella

“Mi alma necesitaba algo así”, comentó en una entrevista con El Universal.  “Si alguien busca el Eco en Google Maps no lo va encontrar, es un lugar recóndito donde no hay señal. El reto es encontrar en lo pequeño las grandes cosas”. El documental de Huezo, que se presentó a fines de octubre en el Festival de Cine de Morelia, cuenta la historia de los habitantes de Chignahuapan, particularmente de los niños y adolescentes que viven allí y aprenden desde pequeños a sobrevivir en el campo, con los obstáculos y bondades que ofrece la naturaleza.

Quizás una de sus claves es que es un documental que no parece documental. No tiene un narrador en tercera persona ni algún guiño que nos alerte sobre ese género del cine. La historia transcurre solo con los registros obtenidos por la directora, editados de una manera que la hace parecer una historia en clave de ficción. Se compenetra a tal punto con las niñas y mujeres que retrata, que parecen personajes siguiendo las directrices de un guion. Huezo se sumerge en los momentos vitales de sus vidas: los sueños de la niñez –expresados en Luzma–, la rebeldía de la juventud (Monse), la formación de una familia y la muerte, el paso del tiempo. En esta película, la vida de los personajes se acompasa con el ritmo de la naturaleza, la que tiene un papel importante tanto en la comprensión de los personajes como en su cinematografía: bellísima y extremadamente cuidada. 

Tenemos secuencias memorables de una cabra dando a luz, y también de una oveja siendo esquilada: la directora no se guarda nada; nos muestra cada detalle del proceso e incluso el momento en que le entierran el cuchillo en el cuello. Es como si la narradora se situara al nivel de los niños de la comunidad, quienes aprenden de la vida y de su entorno sin prejuicio y con naturalidad. La madre de una de las jóvenes protagonistas –que termina huyendo al final del filme–  lo explica muy bien: “Nosotros les enseñamos cómo hacer una vida en el campo”. Lo dice de un modo como explicando que eso es suficiente. Pero, también entiende que su hija, y probablemente todos los niños que están aprendiendo curiosos en el documental, se quieran ir. Parece natural querer cruzar las fronteras de lo conocido, avanzar.

Esta resolución es, quizás, la más intuitiva para nosotros. ¿Qué futuro le depara a los niños de una pequeña comunidad, donde hasta el mismo cambio climático está golpeando sus modos de vida y sus cosechas? La respuesta parece evidente, pero a veces no lo es tanto, cuando vemos que los altos costos de vida, la desigualdad, el ajetreo, la droga y la soledad tienen truncados los sueños de tantos jóvenes en las ciudades. ¿Qué de esa vida campestre podemos apreciar y, tal vez, conservar? Tatiana Huezo abre el espacio para hacernos esas preguntas. 

Quizás uno de los elementos más importantes para construir la narrativa de la historia es el sonido, el que se encuentra súper presente en todo momento y permite unir las diferentes tomas del filme. Dijo: “Para mí la mitad de la película es el sonido. Siempre en mis películas es importante, pero aquí había más retos; cómo atrapar esta sonoridad y cómo construir a partir del título de la película, que rápidamente detona más cosas. El eco es un elemento simbólico, metafórico, desde el cual hablas de cómo estos niños crecen en este lugar y cómo forjan su carácter y su identidad”, expresó. 

Y añade un elemento más: “Con la imagen, Ernesto y yo teníamos dos directrices: contar este pueblo como si fuera el último; es un mundo que está en peligro, bajo amenazas. Teníamos que dar esta sensación remota, misteriosa, de la forma de cruzar el eco, el aire”, comentó la documentalista. La escena final, en donde captan un rayo impresionante cayendo sobre la tierra es un reflejo de ese futuro incierto y bello al mismo tiempo.

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