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“Más que los formatos del cine o la literatura, lo que me gusta es contar historias”

Faltan pocos días para Navidad y la directora audiovisual y licenciada en Estética Malu –María Luisa– Furche (34) pasea en bicicleta por el centro de Santiago. Una luz roja la hace detenerse y observar. “Había mucha gente en la calle, comprando regalos o envoltorios, muerta de calor. Yo también, por supuesto. Empecé a mirar y pensé ‘qué heavy sería que esta sensación que nos tiene medio transpirados, medio tontos, no se acabara nunca’”. La escena, que corresponde a diciembre de 2015, significó un punto aparte en su carrera.

Antes, el trabajo de Furche se había enfocado en el cine y la televisión: coescribiendo el guion del documental Robar a Rodin (2017) y creando, junto a Stefanía Malacchini, la serie de filosofía para niños Zander (2021). Después, sin descuidar su oficio original, entró en un extenso proceso de formación literaria que derivó en Islas de calor, el libro de cuentos que publicó el año pasado junto a La Pollera Ediciones, y que la llevó a recibir el premio al Mejor Debut Literario 2022, entregado por la librería Qué Leo del Parque Forestal.

“En general, más que los formatos del cine o la literatura, lo que me gusta es contar historias. Hay algunas que me interesa más abordarlas literariamente, y hay otras que siento que el lenguaje audiovisual las acompaña más. El libro apareció por ahí y me dieron ganas de explorarlo a través de cuentos. Y si hubiera sido audiovisual, me hubieran dicho ‘no, es que esto es muy caro, no puedes incendiar el cerro San Cristóbal’”.

Desde que Furche tuvo la idea del libro hasta que finalizó el proceso de edición pasaron más de seis años. Entre medio, la escritora ganó un fondo del libro del Ministerio de las Culturas y luego postuló con éxito al Magíster de Escritura Creativa que se dicta en la New York University (NYU). “Me pasaba que me faltaban muchas herramientas, pero tenía ganas de terminar el proyecto”, dice. En ese programa de estudios Furche tuvo como profesoras a las autoras chilenas Lina Meruane –“en términos de trabajar el lenguaje, de pensar las palabras, de transformarlas, fue clave”– y Diamela Eltit –“es capaz de ver algunas cuestiones en tu escritura que es heavy que uno no se da cuenta que están”–, además del narrador argentino Sergio Chejfec. “Ahí aprendí no solo a escribir mejor, sino también a leer. Entendí mejor cosas sobre cómo escribir un diálogo, cómo construir una imagen, adquirí una conciencia que después pude aplicar a mi propio trabajo”.

Explorar un formato nuevo debe haber sido bien desafiante. ¿Cuáles son las principales diferencias entre escribir para el cine y hacerlo desde la literatura?
“Mi impresión es que el cine tiene una cuestión más horizontal en términos narrativos: en general hay un arco, se parte en un punto y se termina en otro. Tienes que cerrar. Además, está limitado a lo que puedes ver y escuchar. Y es material. Cuando uno trabaja con los presupuestos de Chile, eso también te limita mucho a la hora de escribir. O sea, de repente hiciste una película con 120 escenas y te dicen tienes que dejarla en 90, y a lo mejor lo que te puedes permitir en la literatura, como los saltos en el tiempo, ahí las tienes que sacar. La literatura te invita a una experiencia estética más compleja, tiene una riqueza que te permite hacer más cosas, es más libre, puedes explorar distintas sensaciones. Lo que tiene el cine es que uno escribe algo y después hay un montón de personas que van complementándolo, que hacen más rico lo que escribiste desde la fotografía, el sonido. En la literatura, aunque no sea un trabajo en solitario, el autor se lleva una parte importante de la tarea creativa. A veces yo no completaba tantos detalles porque estaba acostumbrada a que eso lo hicieran otras personas después”.

Santiago en llamas
Islas de calor abarca, por medio de cuatro historias, cómo sería el paisaje en Santiago con una temperatura que va en camino a los 50 grados. Una distopía en la que la vida se hace a puertas cerradas y de noche, donde abundan las restricciones gubernamentales, donde cada uno se aferra a lo que puede –al sueño de escapar, a la religión y la virgen– y donde las mujeres, protagonistas de cada uno de los cuentos, muestran una alta dosis de creatividad y capacidad de adaptación.

Hace pocos días, en diciembre de 2023, volvió a haber una ola de calor pesada en Santiago. Es un asunto que no se ve que vaya a retroceder. ¿Pensaste en la larga vigencia que tendría el tema de tu libro al momento de escogerlo?
“En primera instancia lo hice menos consciente de eso. En ese momento la crisis climática estaba, pero teníamos menos la sensación de que ya no hay mucho que hacer, o que ya la cagamos. Entonces creo que lamentablemente el libro solo se actualiza. Ojalá no quede obsoleto, porque sería terrible.

Ojalá que esta suerte de ficción distópica o de terror no ocurra, que haya sido solo imaginar un futuro terrible. Pero sí, todos los días estamos más cerca de que sea irreversible”.

Una de las cosas que llaman la atención del libro es que la representación del futuro tiene algunas semejanzas con el pasado reciente. Este Santiago, que por el estallido social, la pandemia o ambos fenómenos, se acostumbró a los toques de queda, los permisos de circulación, las cuarentenas y los militares en la calle. ¿Cuánto influyó la realidad en la situación que imaginas?
“Influyó, pero no tanto. La mayoría de las cosas las tenía desde antes de la pandemia. Uno hace el ejercicio de revisar cómo han manejado los gobiernos, muchos negligentes, las grandes crisis. Puedes intuir con mayor o menor certeza cómo se actuaría. Y cuando llegó la época de cuarentena era como ‘qué heavy que esto que pasaba ya existía de alguna manera en el libro’. Después sí, me iba dando cuenta de ciertas cosas que estaban sucediendo y ahí pude afinar algunas cositas: los permisos de movilidad se los copié a la pandemia. Con el estallido solamente me dio pena confirmar lo que me han contado mis viejos y los amigos de mis viejos, lo que he visto en películas, sobre la dictadura. En ese sentido la referencia militar fue la dictadura”.

A propósito de esto, en el cuento “La Atacama (o los que no vuelven)” te enfocas en la juventud, pero también en los espacios de Santiago que tuvieron un papel en el periodo de la dictadura, como el bar donde ocurre el relato, que parece haber sido embrujado por ese pasado violento. ¿Por qué decidiste integrar esta referencia?
“Me gusta cuando logro situar los relatos. Cuando puedo reconocer un lugar, más allá de si lo conozco. En ese sentido, si yo quiero que los cuentos sean en Santiago, de alguna manera la historia también se te empieza a colar, es inevitable. El bar La Atacama, esta casa, acoge a los comensales pero también tiene una arista oscura, y claro, la dictadura es uno de los episodios más oscuros de nuestro país. Entonces fui llegando a eso. No como un objetivo, sino que apareció, y ahí traté de hacerlo con el mayor respeto posible. Tenía un poco de miedo, decía ‘pucha, me da miedo que piensen que lo estoy banalizando’, pero me relajé cuando veía autoras como Mariana Enríquez, que a propósito del terror trabaja el tema de la dictadura, y Toni Morrison el tema de la esclavitud negra en el sur de Estados Unidos. Entonces te das cuenta que el terror, la fantasía, la oscuridad, empieza a cruzarse con la historia de los países, no estaba inventando la rueda”.

Este es el único cuento del libro que se narra desde distintas perspectivas. ¿Qué te llevó a utilizar este estilo de narración?
“Me acuerdo que tenía las voces de Tiare, de Susi y de los muertos. Me faltaba una cuarta voz, que es la de la Rusia, que logra unir este universo con las pistas que entrega. Es loco. Esta idea de médium, de que cuando uno está escribiendo puede ser un medio para que algo se manifieste, y en ese sentido esas voces un poco me poseyeron, estaban hablando a través de mis manos y yo dejé que aparecieran. Este cuento siempre fue con voces. Aquí hay una influencia cinematográfica. La idea de hacer un cuento coral, tal como se haría en una película”.

Otro gran tema del libro es la relación entre mujeres. Se aborda en “La Atacama” y también entre las protagonistas de “Vivir así”, las ancianas Mónica y Pastora.
«Cuando leo me interesan mucho los relatos protagonizados por mujeres, o al menos escritos por mujeres. Cuando son historias masculinas escritas por mujeres, se nota que es una autora quien la escribió. Me salía natural escribir desde ese punto de vista. No solo porque soy mujer y soy muy cercana a otras mujeres, como mi mamá y mis amigas, sino porque también hay algo que en particular me importaba explorar, que son las distintas complejidades que tiene ser mujer. El no tener que ser una mujer bondadosa o generosa necesariamente, sino también ser egoísta, ser mala, pensar solo en ti. Me interesaba darles distintas vueltas, que no fueran ni buenas ni malas sino que fueran ellas en este contexto particular del calor, donde cada una reacciona de una manera diferente”.

Pastora sería un buen ejemplo de esto, ¿no? Pasa de ser la eterna empleada doméstica, medio enemiga de su jefa, a ser la dueña de casa.
“Sí, ese es el primer cuento que escribí para este libro. Es un personaje que tenía muchas ganas de que fuera quedándose con todo de a poco, que se saliera con la suya. La historia de Pastora parte con el inicio de la ola de calor, cuando se enferma Mónica, y termina cuando Mónica muere. Pero dentro de eso hay un montón de sucesos y capítulos que nos hacen entender por qué termina de esta manera”.

En los últimos dos cuentos, además de las mujeres, tienen como protagonistas otros elementos: los animales y la religión. ¿Por qué esos temas?
“En general me encantan los animales. Me pareció interesante explorar esa faceta y ‘Animales de calor’ es quizás el cuento con más fantasía y menos terror. Me pregunté qué pasa si con el calor la gente empieza a mutar y uno se empieza a volver medio animal, qué animal podría funcionar en ese contexto, y la cuestión felina me hacía mucho sentido, porque los gatos resisten mejor al calor. Además, quería rendirle homenaje a los gatos: el libro está dedicado a mi gata, que se murió en 2021, pero que me acompañó en todo el proceso de escritura. En ‘La viuda y la virgen’ quise explorar la religiosidad popular, que es algo que me interesa mucho. Manifestaciones como las fiestas populares, las animitas. Y a su vez también me obsesiona la virgen como figura, lo que representa para distintas personas. Y las manifestaciones climáticas históricamente han estado relacionadas con las creencias religiosas”.

Tras publicar Islas de calor la actividad de Malu Furche no ha bajado el ritmo. En 2022 participó en la escritura del guion de dos proyectos cinematográficos que está desarrollando la productora Juntos Films: Que se acabe todo, de Moisés Sepúlveda, sobre el escándalo de la repactaciones de deudas de La Polar; y Body Combat, de Francisco Hervé. “Son películas con harta vocación de audiencia, para que puedan llegar a mucha gente, sin tenerle miedo al género”.

Además, este año dirigirá el cortometraje Petra y el sol, que al igual que Zander será filmado en stop-motion. ¿Y la literatura? Hay más. La guionista y autora acaba de terminar el primer borrador de la que será su primera novela: “Cuenta una historia ambientada en la fiesta de la Tirana, que ocurre mientras dura este evento. Como en Islas de calor, la figura de la virgen es central en el relato. También aparecen el desierto, el calor, la falta de agua, todos temas que me interesa explorar”.

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