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Aftersun: El feroz sentir del paso del tiempo

Como buen exponente del género del cinearte, Aftersun (2022), el primer largometraje dirigido y escrito por la británica Charlotte Wells, se esmera en dejar preguntas abiertas. Y como ha quedado claro en la positiva respuesta de la crítica, esta inmersión en la ambigüedad funciona muy bien. La película toma una perspectiva muy particular de la relación entre un padre de 30 años, Calum (Paul Mescal), y su hija de 11 años, Sophie (Frankie Corio), a quienes vemos pasar una semana de vacaciones en Turquía que los marca de formas muy distintas, incluso opuestas. 

Este viaje de padre e hija es irrepetible e inalcanzable. Borroso e inolvidable a la vez. Y lo es porque Wells se encarga, desde el inicio de la cinta, de mostrarnos lo que ocurre en estas vacaciones por medio de fragmentos. De trazos de la realidad que no pintan todo el lienzo, sino algunos rincones. Pero que son poderosos en las sensaciones que transmiten. Imita, de alguna manera, cómo funciona nuestra memoria, que resalta y omite, y que también es capaz de variar el ángulo con el tiempo, de ver lo oscuro en lo que se veía claro y viceversa. 

El padre que personifica Mescal (Normal People, The Lost Daughter) es bonachón, humilde y cariñoso con su hija. Así lo conocemos. Pero de a poco, con el pasar de los días, su imagen se va acercando a la del hombre que vemos en la pista de baile fantasmal que aparece en el filme una y otra vez. Se va hundiendo. Nos amenaza con desaparecer, pero no lo hace. Su espíritu sí, se aleja irremediablemente mientras se aproxima el fin de las vacaciones, que marca el regreso de Sophie a los brazos de su madre y la distancia nuevamente. Ella, en tanto, vive otra etapa: es tiempo de su despertar sexual. Y así lo hace sentir la cámara que la acompaña en las escenas que le pertenecen, deteniéndose en las piernas del chico que juega en las motos, en los roces entre sus amigos adolescentes bajo la piscina, y en el cuerpo desnudo de su padre la noche en que la dejó fuera de la habitación. Mientras Sophie forja su identidad y crece, Calum se extingue. La escena en que la niña sale a cantar “Losing My Religion”, de R.E.M., y él solo atina a escucharla es una pequeña muestra.

La disímil dirección de sus caminos también subraya una realidad brutal e insoslayable: en el fondo, ambos personajes cargan con su soledad. Se acompañan mientras pueden y disfrutan hacerlo, pero ninguna relación humana, ni la de un padre y una hija, puede romper el contrato que firmamos desde el día uno: nacemos como individuos y morimos como tales. Rodeados de otros, puede ser, pero nunca fusionados, nunca sintiendo lo mismo ni completándonos al cien por ciento. Calum toma conciencia de esto y, enseñándole técnicas de defensa personal, le entrega a su hija las mejores armas para cuando él no la pueda proteger. La otra gran arma, la más importante, es el amor. “Love’s the greatest thing / That we have / I am waiting for that feeling / Waiting for that feeling”, dice “Tender”, la canción de Blur que se distorsiona mientras vemos imágenes de la relación entre ellos, contándonos que ambos, en su interior, claman por el amor del otro. Y lo reciben, pero querrían y necesitan más. Luego, Queen y David Bowie, a capela, refuerzan el mensaje con “Under Pressure”: “Why can’t we give love that one more chance?”, canta Freddy Mercury, como rogándole a ambos que cumplan con lo que no pueden, que completen lo imposible. El último baile entre Calum y Sophia queda sellado en imágenes y sonido. 

El “reencuentro” entre ambos llega años después, en la mencionada pista de baile, cuando Sophie con 31 años a cuestas, una hija y un semblante similar al de su padre en las antiguas vacaciones, que evidencia el cansancio y las preocupaciones de la adultez, sale al paso de su padre y lo intenta tocar y golpear. Agradecerle por lo que vivieron juntos. Quejarse por lo que no alcanzaron a compartir. Recriminarlo por su depresión durante el viaje. Y decirle que lo entiende, que ahora sí lo puede entender. Nada de eso ocurre, por supuesto. 

El otro espacio de encuentro lo marcan los registros de la antigua cámara de video con la que Sophie y su padre se grabaron mutuamente durante esa semana juntos. Tal como en la pista, al proyectar estos archivos en el living de su casa, ella busca alcanzarlo. Volver a verlo y estar con él. Volver a ser la niña que fue y revivir, y quizás corregir, lo que pasó en esas vacaciones y después. Incluso durante la semana en Turquía el propio Calum es mostrado reproduciendo lo registrado días u horas antes, como queriendo volver a sentir lo que sintió junto a ella, en ese momento específico. Pero, como sabemos, el pasado es esquivo solo nos permite recordarlo, en el mejor de los casos. No podemos volver a él. Ya se fue. Es esto lo estremecedor de Aftersun, una película que nos hace sentir –con sus lentos movimientos de cámara, con la música, con los detalles que abarcan sus planos y las expresiones faciales de sus personajes– el arrollador paso del tiempo y de la vida.

Crédito de la imagen: A24 / Sarah Makharine

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