La escritora chilena-argentina conversó con entrance sobre su segunda novela, A esta misma hora, donde aborda el abuso sexual infantil a través de la psicología de diversos personajes: “Los asuntos espinudos, de los que no se quiere hablar, son los temas que me interesan”. Además, profundizó en una de las reflexiones esenciales de su literatura: “Por más que los chilenos aleguemos y peleemos, en el fondo somos muy capitalistas”.
En la última década, el nombre de Maivo Suárez (60) irrumpió como pocos en la escena literaria chilena. Su breve y prolífica carrera está marcada por una voz narrativa que sorprende por su fluidez y, en consecuencia, por su intensidad, capaz de comenzar un párrafo desde un plano general y terminarlo desde un plano subjetivo sin que la sacudida se note.
“De pronto estoy en la cabeza del personaje y desde ahí empiezo a narrar, me sale más natural. Me cuesta escribir más alejada del personaje”. En Sara (2019, Kindberg), su primera novela, en la que aborda la crisis de la vejez y la jubilación, este narrador cómplice que se mete en la psicología del personaje llevó a Suárez a un extremo: “Me metí tanto en Sara (la protagonista de la historia) que fue hasta corporal. Recuerdo haberme levantado un día con todos sus dolores de huesos… Fue muy heavy, tuve una sensación de fin de mundo”.
En A esta misma hora (2024, Kindberg), su nueva novela, la escritora vuelve a tocar temas delicados, como la violencia hacia la mujer y la pedofilia, entrando en la mente de varios personajes, algunos de ellos muy oscuros. En esta entrevista, la autora repasa sus motivaciones para abordar temas como el acoso y el abuso infantil, revela cómo fue ponerse en el lugar del agresor, y reflexiona sobre las diferencias entre las identidades de sus dos naciones, Chile y Argentina, entre muchas otras cosas.
A esta misma hora sigue los pasos de Ana, una joven chilena que viaja a un pueblo de Argentina a ver a Rosa, su prima, y a su sobrina Belén, motivada por la muerte de su hermana. Una vez allí se ve envuelta en un misterioso entramado de violencia hacia las niñas que tiene como protagonistas a Miguel, un seductor locuaz y agresivo, y Bertoni, un político de dudosa moral. “Esta novela, cuando me la planteé, lo hice con algunos desafíos, y uno de ellos era que quería utilizar el mismo narrador de Sara, muy cercano a la conciencia del personaje, pero con varios personajes. Y por eso está contada desde Ana, desde Rosa, desde Bertoni y desde Miguel. Fue interesante, entretenidísimo. Cuando me metí en la cabeza como que la historia se iba dando y va saliendo el pensamiento de cada personaje”, comenta Suárez, también autora de los libros de cuentos Lo que no bailamos (2016) y Ambiente familiar (2020).
¿Fue muy difícil el desafío de ir saltando de la psicología de un personaje a otro?
“No fue tan difícil cambiar de registro. Lo más complicado fue ensamblar la historia porque, bueno, Sara es una novela cronológicamente más lineal y, en esta, la segunda parte pasó antes, entonces la cronología fue a veces complicada. No me coincidían los días, los tiempos. Sí, recuerdo que eso fue lo que más costó. Trabajar en las diferentes voces no, porque iba trabajando una por una. Me dedicaba un día a trabajar en Rosa, por ejemplo, y me metía solo en su cabeza, aunque a veces adelantara salían ideas de futuro, de miradas, y esas las iba anotando y guardando.
Y lo otro es que, cuando escribo, paso ese tiempo con los personajes muy metidos en mi cabeza y voy jugando con ellos. Puede que tú un día no escribas, pero te pones a ver una película, estás conversando con alguien y yo trato de pensar… ¿qué pensaría Miguel frente a esto? Y ahí van brotando ideas. Eso me da también las diferencias entre los personajes, que se sientan diferentes, porque la gracia de escribir con un narrador tan cercano es que un personaje se diferencie del otro, es decir, que el lector sienta que son cabezas pensantes distintas. Yo creo que en las malas novelas, cuando los personajes no están bien desarrollados, tú lees un capítulo entero y sientes que es la misma voz de otro narrado por alguien totalmente distinto. El autor queda mucho más metido en las líneas que el personaje. Y uno tiene que darle la voz al personaje, pasarle el micrófono y que sea él o ella quien hable”.
Tu proceso de entrar en la cabeza de los personajes suena muy parecido a lo que comentan a veces los actores, que luego declaran cuánto les costó dejar atrás esas mentes. ¿Te pasa algo parecido?
“Claro, cuesta un poco salir, pero igual hay disfrute. Yo adhiero al disfrute en la escritura. No adhiero esta cosa sufriente, o la página en blanco, ¿no? Yo adhiero a que uno se la tiene que pasar bien, porque yo trabajé 30 años en un oficio y cambié a la escritura, y cambié de forma consciente por algo que dé disfrute. Yo lo paso bien escribiendo, más allá de que tú puedas empatizar con los personajes y te encuentres con situaciones complicadas. No escribiría algo yo que no disfrutara. Para sufrir está la vida”.
Además del narrador, otro punto de continuidad con tu novela anterior está en el juicio que se hace sobre Ana, quien como chilena “lleva el capitalismo con ella”, como dice Miguel, desde su punto de vista argentino. ¿Está eso como un rasgo esencial de lo chileno en la novela?
“Sí (ríe). Cuando decidí que iba a ser una novela que transcurría en Argentina, me pareció interesante hacer este cruce de las miradas distintas del mundo. Y sí, yo siento que por más que nosotros, los chilenos, aleguemos y peleemos, y soñemos con una sociedad más justa, en el fondo somos muy capitalistas y yo creo que mucha gente no quiere perder cosas del capitalismo, como los niveles de consumo, de comodidad, la libertad de comprar… Hay muchas cosas que la gente no está dispuesta a transar por un poco más de justicia social. Entonces me interesaba hacer a Ana así, ¿no? Es una idea que tengo yo de que por ahí va el tema de que aprobemos constituciones y después las desaprobemos, no queremos cambios y esperamos cambios… Creo que va por ahí”.
O el tema de las pensiones, que cuando se pregunta en las encuestas por si incluir o no solidaridad en el sistema, no pasa nada.
“Hasta ahí llega, claro. Sí, claro, quiero una mejor pensión, pero cuando te dicen que un porcentaje tuyo se va a ir a un fondo para el resto, claro, ahí te cierras y te acuerdas de la libertad de elegir y toda esa famosa libertad que nos venden, irrisoria, y claro, aparece el individualista que llevamos dentro”.
La relación con Argentina también está en muchos otros niveles, como los cambios en el lenguaje, y también se habla bastante de los precios, la comparación entre lo público en Argentina y lo privado en Chile.
“Yo creo que, quizás como vivo en los dos países, es algo que siempre es tema de conversación, casi natural. Yo siento que los chilenos somos muy de estarnos comparando, que tenemos el bichito de la comparación. Estamos constantemente midiéndonos, eso es mucho más chileno que argentino. Siempre estamos compitiendo. Nos pegó fuerte ese tema (ríe). Y quería representar esos munditos en estas conversaciones de Ana y Miguel, que están comparando países y formas de vivir. Y fui armando una mirada bien mía, que no obedece ni a un estilo sociológico ni nada, no, una mirada de ir y venir, de estar viviendo en estos dos mundos”.
¿Por qué decidiste tocar el tema de la violencia hacia la mujer y hacia las niñas en particular? ¿Qué fue lo que te llevó ahí?
“Bueno, yo trabajé como asistente social en hogares de niños. Y es un problema que se veía mucho y se ve mucho también a nivel de la familia. Lo que pasa es que es un tema que no se habla, pero son historias que se cuentan entre secretos, entre susurros. Y bueno, tú lo ves en la prensa. Con los últimos casos que pasaron, con Eduardo Macaya, por ejemplo. Para mí, es uno de los temas más difíciles de abordar a nivel de familia porque, bueno, cuando el secreto sale a la luz, cuando hay denuncia, cuando se toman posiciones, se quiebran las relaciones. Por eso a mí me interesaba ponerlo en la novela, para que se pueda instalar en los lectores y que se pueda conversar sobre esto. Hace poco un lector me dijo que la novela te deja en estado de alerta. Eso lo encontré interesante y dije ‘guau, ¡qué bueno!’”.
Claro, pensé lo mismo cuando la terminé.
“Uno se da cuenta de que estamos en la punta del iceberg, que lo que está oculto es mucho. Hay una escritora, Cristina Fallarás, que sube todos los días denuncias de abuso a su Instagram. Ahí te das cuenta de la cantidad de abuso y cómo la gente se calla, y sobre todo las mujeres, cómo nos han criado para callar, para no molestar y para estar siempre pensando en el otro. O sea, casi que te están abusando y estás pensando ‘¿qué hice yo? ¿por qué hice esto? ¿por qué me está haciendo esto otro? ¿qué hice de malo? ¿cuál fue mi culpa?’. Entonces, es un tema espinudo que creo que hay que seguir hablándolo y que, en la medida que lo sigamos hablando y conversando, hay más posibilidades de proteger las infancias.
No hay más posibilidades de estar más alerta frente a los familiares, porque lamentablemente el abuso infantil se da al interior de la familia y muchas veces viene de parientes, de conocidos. No es que se produzca un abuso en la calle, así como que vas caminando con un niño y… No, se produce al interior de la familia. En momentos familiares, en fiestas, en encuentros. Entonces, si algún lector siente que la novela lo dejó en estado de alerta, o que lo lleva a leer más del tema, a saber más del tema, eso para mí es muy bueno”.
Hay una pasaje, hacia el final, en el que Ana piensa “qué poco se miraba a los niños”, en relación a lo que ocurre con su hermana y su hija. ¿Es ese un diagnóstico tuyo?
“Sí, yo creo que sí, que hay una mirada que se pasa por alto. Y sobre todo, yo creo que al ser mamá tú estás muy encima, y quizás por estar tan encima y preocupada no logras ver bien. Es eso lo terrible. No lograr ver porque tú estás pensando en el cuidado, en la protección y como que no te entra en tu parámetro que alguien le haga daño a un niño. Es lo que le pasa un poco al personaje de Ana, que en el momento que se le asoma… Está el tema de no creer, y creer más en el adulto. Crees que el niño está confundido, que no es tan así”.
Te leí en una entrevista que el pedófilo no es sencillo de identificar. O sea, como que no es que la persona vaya dejando huellas o registros que lo hagan alguien en quien deconfiar. Y el final de la novela, que no vamos a detallar, apunta mucho a eso, ¿no?
“Sí, muchos lectores me han preguntado que por qué no le puse un poquito más de justicia. Pero no, no quise poner justicia, creo que lo quise acercar más a la realidad, así como más brutal. La realidad es esa, van a seguir habiendo pedófilos hagamos lo que hagamos, lamentablemente, y van a seguir habiendo pederastas, gente que va a cruzar la línea y va a hacer daño. Claro, pero otros personajes, tú dices ‘mira, este es un mentirosillo’. Conoces a alguien y dices ‘sí, este es mentiroso, este es fabulador’, ¿me entiendes? ‘Este es mitómano’. Ya. Y uno asume y sabe hasta dónde puede hacer daño con sus mentiras. O el otro que es mitómano, tú le vas a creer la historia. O esta persona es envidiosa.
Pero hay signos. Y claro, en el caso del abusador, muchas veces eso no se da. No logras verlo, porque es muy transversal. Aparte, el tema no es que tú digas mira, esto se instala en gente de tal edad, o en personas que tienen tal trauma, o en adultos que fueron abusados, porque no siempre la gente abusada se transforma en abusador, no siempre se da así. Si no, imagínate, las mujeres seríamos todas abusadores, porque si tú miras, la gran mayoría de las mujeres… Tú juntas diez mujeres y hay ocho que cuentan historias de abuso, y ellas no optan por seguir siendo abusadoras. Entonces, no hay un parámetro para definir quién es el que abusa. Y eso lo hace muy difícil. Por eso es que lo mejor es estar alerta, estar pensando en los niños y tener una cuota de desconfianza”.
También en la novela dejas un registro de Miguel siendo agresivo. O sea, hay cosas que él dice que dejan pensando al lector, que sugieren una personalidad agresiva, o de psicópata, pero no parece alertar a Ana.
“Exacto. Sí, ella no reacciona. Es la típica… pasa que Ana es como la estudiante que no ha salido de su mundito pequeño, ¿no? No tiene muchas luces en ese sentido. Como que no logra ver que en un momento él le da un beso medio brusco, que le dice cosas medias bruscas, que le habla en un momento de tirar a un bebé contra la pared y luego le dice que no, que lo vio en una película. Claro, hay atisbos que uno podría decir… Claro, yo quería representar eso, ¿no? Cómo hay de pronto pequeñas señales de la gente con psicopatía o conducta agresiva y no logramos verlas. Y bueno, uno como lector va viendo después la cabeza de Miguel y va diciendo ‘guau, sí, este también’”
Claro, uno tiene esa ventaja.
“Sí, el lector va sabiendo más, eh? Va sabiendo un poquito más que los mismos personajes y eso crea tensión en la novela”.
*¡La siguiente pregunta contiene spoilers!*
Y hay una cosa que hace Miguel que llama la atención, que es cómo se compara a sí mismo con Bertoni y se molesta con los demás por juzgarlo de la misma manera que a él, como si el tipo de pedofilia que él practica fuera menos dañina, o como si debiera ser más aceptada.
“Sí, lo que pasa es que eso salió… ¿Sabes qué?, al principio, tenía solamente un pedófilo en la novela, pero a medida que fui leyendo, porque leí entrevistas, estudios psiquiátricos, análisis, entrevistas de pedófilos, diferentes cosas que fui encontrando, en ese proceso apareció esta figura, ese pedófilo que se siente más puro, que se siente que lo que él hace no es daño. Entonces dije no, acá hay una diferencia. Hay algunos que se creen así como ‘oh, nosotros, los buenos, nosotros sí amamos a los niños’, y bueno, hay toda una organización de pedófilos a nivel mundial que está convencida de que va a llegar el momento en que se va a aceptar este tipo de amor. Entonces me convencí de representar a los dos.
Y Bertoni, que era un papel mucho más secundario, fue metiéndose. Él fue el último personaje que se metió en la novela así como fuerte. De hecho, cuando recién inicié la novela, tenía el crimen de la niña y no sabía muy bien quién la había matado. Lo dejé ahí, lo fui trabajando por momentos. ¿Y si la mató Miguel? ¿La mató Severino? Y así lo fui armando, jugando un poco. Yo creo que ese juego se va sintiendo, porque la gente me dice que la novela va jugando con el lector, y que tú vas creyendo una cosa, luego otra, y después apareció esta figura de Bertoni, el abusador que es perverso.
Porque tú puedes ser un abusador desde niño, pero esta es una persona perversa. Hay diferentes niveles. Entre tanto leer del tema fue que se fueron armando estos personajes. El estudiar, leer, investigar, le va dando otra mirada a la novela. Y me gusta mucho eso también de las novelas, el investigar de los temas, aprender”.
La última pregunta que tengo sobre A esta misma hora es sobre algunos rasgos que tienen las mujeres en la novela, como la ansiedad y el uso de pastillas, en el personaje de Ana, y la imposibilidad de superar el sobrepeso, en Rosa. ¿Dirías que estas características son representativas de la sociedad de hoy?
“Sí, me interesaba que mis personajes representaran cosas que están pasando y que estoy viendo, que analizo y que no las entiendo del todo, y entre esas está todo el tema de la gordura, que aparece siempre en mis cuentos, porque vengo de una generación donde ha sido siempre un tema, toda la vida. Es una generación muy golpeada por el tema de la imagen externa. Yo soy de la generación que pasa haciendo dietas, como muchas chicas de los ochenta, preocupadas por el cuerpo, entonces son temas que siguen estando en la sociedad y me interesaban, y cuando empiezo a escribir la novela hago una lista de temas que me interesa tocar, y ahí está el tema de la gordofobia, la relación con el cuerpo.
También estaba el tema de la ansiedad, como un síndrome de estos tiempos, la gente ansiosa y ahí son los temas que después los llevo a los personajes. Eso lo instalé en Ana, que la hice un poco ansiosa. Por eso, porque me interesa representar y que se vean temas, y que en la novela no solo se aborde un tema central, sino que también haya otras aristas que permitan otras lecturas. Creo que las novelas se vuelven más interesantes cuando tiene otros niveles de lecturas, y también se hacen más livianas, en el sentido de quedarte no solo con los temas de la pedofilia y el abuso infantil, sino que los personajes se puedan leer también desde otras miradas”.
Muchas gracias por tu tiempo, Maivo. Antes de terminar, quiero consultarte si has pensado sobre la posibilidad de llevar tu obra al cine. Me refiero sobre todo a Sara, ya que tiene muchas imágenes bien particulares que se van quedando en la imaginación de lector.
“Hay un guionista argentino que está con la idea de hacer algo. Me contactó porque encontró que el tema de la novela da para llevarla al cine. Que sería una película fácil de hacer y barata, porque son pocos personajes y hay muchas locaciones internas. Pero no se ha concretado nada aún. Sería hermoso que le hicieran una película”.
Crédito de la imagen: Ulises Nilo